Celebración de la Fiesta de la Presentación del Señor y de la Vida Consagrada

2 de febrero





INTRODUCCIÓN A LA CELEBRACIÓN

Hoy, con Simeón y Ana, contemplamos al Niño Divino, el Verbo Encarnado, que es presentado en el Templo: el Templo de nuestro corazón.
Que este Hoy en este año tan especial nos encuentre más fieles, en una vida de total entrega a Dios (VC, n. 2) con la respuesta de una entrega total y exclusiva (VC, n. 17).
Digamos Hoy el Fiat de nuestro compromiso de obediencia al Evangelio, a la voz de la Iglesia, a nuestra regla de vida.
Con gozo confirmamos nuestro propósito de vivir con sobriedad y austeridad, para vencer el ansia de posesión mediante la gracia de la entrega, de servirnos de los bienes del mundo para la causa del Evangelio y la promoción del hombre, de cuidar con amor la castidad del cuerpo y la pureza de la mente, de vivir con corazón indiviso para Gloria de Dios y salvación del hombre.
Que en este camino, nos acompañe María, la Virgen Madre, Templo Santísimo de Dios; nos ayude sobre todo en el momento de la prueba, Ella, que fue atravesada por la espada del Espíritu, y guardó en el corazón lo que había contemplado.
« De este modo, Señor, disponiéndolo tú, el mismo amor asocia al Hijo y a la Madre, el mismo dolor los une y una misma voluntad de agradarte los mueve » (3. Prefacio de la Misa « María Virgen en la Presentación del Señor »).
En efecto, « la [vida] contemplativa comienza aquí y se completa en la patria celestial; porque el fuego del amor que comienza a arder aquí, cuando viere al mismo a quien ama ya, se enardece más en su amor. Luego la vida contemplativa jamás se quita, porque, desaparecida la luz del presente siglo, llega a su perfección. » (4. Gregorio Magno: Hom. sobre Ez. II,2,9 en B.A.C. p. 411).
« ¡Ea!, hermanos; inflámese nuestro ánimo, avívese la fe en aquello que creemos, enciéndanse nuestros deseos por lo de arriba, y amar así, ya es ir. No haya obstáculo que nos impida el gozo de la interior solemnidad, pues tampoco aspereza alguna del camino hace cambiar de propósito a quien desea llegar a un lugar determinado... ». « ¡Ea!, suspire con todas las ganas el ánimo por la patria eterna ». (5. Gregorio Magno: Hom. sobre los Ev. 14,6 en B.A.C. p. 592).
El 2 de febrero es el momento culminante de nuestra celebración del Jubileo. Toda persona consagrada se ha preparado mediante la meditación sobre el don de la propia vocación a la consagración total a Cristo, en una experiencia de sincero arrepentimiento por sus propias faltas y de renovado amor, para vivir una relación más verdadera con Dios y con el prójimo. Ahora, en la Celebración Eucarística — con Cristo, en Cristo y por Cristo — queremos ofrecer al Padre, guiados por el Espíritu, nuestra vida renovada en la fe, en la esperanza y en la caridad.
En todo lugar — en el ámbito diocesano o nacional — sería oportuno que la Celebración Eucarística fuera presidida por los Pastores y hubiera una amplia participación, no sólo de personas consagradas, sino también del pueblo de Dios.

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

La Presentación del Señor es la fiesta de Cristo « luz de los pueblos » y del encuentro (« Ypapanti ») del Mesías con su pueblo en el Templo de Jerusalén.
El gesto de obediencia a la ley y de Ofrenda, realizado por María y José que llevan al niño Jesús para presentarlo en el Templo, inspira la presencia en esta celebración de tantos consagrados y consagradas: ellos representan los que eligieron el camino de los consejos evangélicos en la gran variedad de los carismas que enriquecen la Iglesia con los dones del Espíritu y la preparan para desempeñar la misión universal del Evangelio; ellos, además, están aquí para renovar los compromisos de su consagración y misión.
La celebración se desarrolla en tres momentos:
La liturgia de la luz se empezará encendiendo y bendiciendo las candelas y proseguirá con la procesión.
La liturgia de la palabra culminará con la homilía, la oración de agradecimiento por el don de la vida consagrada y el compromiso de fidelidad en el seguimiento de Cristo y en la misión apostólica.
La liturgia eucarística será el sello puesto al encuentro con Cristo y a la ofrenda, con Él, de la vida consagrada, para que Él sea la « luz para iluminar a los pueblos».

RITOS INICIALES

Canto de preparación

Mientras se espera la llegada del Celebrante se encienden las velas y se canta.

Bendición de las candelas

El Celebrante:
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amén.
...saluda a la Asamblea
La gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor del Padre
y la comunión del Espíritu Santo
esté con todos vosotros.
R. Y con tu espíritu.
...introduce la celebración:
Hermanos y hermanas,
Hoy hace cuarenta días
hemos celebrado, llenos de gozo,
la fiesta del Nacimiento del Señor.
Hoy es el día en que Jesús fue presentado en el templo
para cumplir la ley,
pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente.
Impulsados por el Espíritu Santo, llegaron al templo
los santos ancianos Simeón y Ana, que,
iluminados por el mismo Espíritu, conocieron al Señor
y lo proclamaron con alegría.
De la misma manera nosotros, congregados por el Espíritu Santo,
vayamos al encuentro de Cristo.
Lo encontraremos y lo reconoceremos
en la fracción del pan
hasta que vuelva revestido de gloria.
El Celebrante bendice las candelas diciendo:
Oremos:
Oh Dios, fuente y origen de toda luz,
que has mostrado hoy a Cristo,
luz de todas las naciones,
al justo Simeón;
dígnate bendecir c estos cirios;
acepta los deseos de tu pueblo
que, llevándolos encendidos en las manos
se ha reunido para cantar tus alabanzas,
y concédenos caminar por la senda del bien,
para que podamos llegar a la luz eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Rocía las candelas con agua bendita.

Procesión

Mientras tanto se canta:
Lumen ad revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel.
1. Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
2. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante Todos los pueblos.
3. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
4. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
5. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Kyrie y Gloria

Oración Colecta

Oremos.
Dios todopoderoso y eterno, te rogamos humildemente que,
así como tu Hijo unigénito, revestido de nuestra humanidad,
ha sido presentado hoy en el templo, nos concedas,
de igual modo, a nosotros la gracia de ser presentados delante de ti
con el alma limpia.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo,
en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura

De la carta a los Hebreos 2,14-18
Cristo tuvo que hacerse como ellos
Intimamente unido a los hombres sus hermanos, Jesús fue pontífice misericordioso. Fiel en el servicio a Dios, él expió nuestros pecados, nos liberó del poder del demonio y de la muerte. Su sufrimiento se ha convertido en capacidad de ayuda en nuestras pruebas, habiendo pasado él mismo por la prueba.

Salmo Responsorial

Salmo 23.
Ven Señor a tu templo santo.

Aclamación al evangelio

Aleluya. Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz (Lc 2,29). Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,22-40
Mis ojos han visto a tu Salvador
Jesús es presentado en el templo y ofrecido a Dios como primogénito y un hombre justo, inspirado por el Espíritu, le va al encuentro --como síntesis e imagen de toda la esperanza mesiánica de Israel--. La espera de Simeón ya se ha acabado, y él ya puede morir. El, con su espera de redención, representa todo el Antiguo Testamento, la antigua ley, que se cumple, mientras se abre la salvación y se enciende la luz para Todos los pueblos. Sin embargo no faltan el juicio y la crisis; el niño Jesús será una referencia específica, el elemento de comparación: un signo de contradicción. Será acogido o rechazado. También María vivirá la prueba. En la Presentación en el templo ya se perfilan y se reflejan la cruz, el Crucifijo y la Madre dolorosa. También la profetisa Ana percibe la redención en aquel niño, y por eso da las gracias a Dios y lo anuncia.

Homilía

Agradecimiento a Dios por el don de la vida consagrada

El Celebrante:
Hermanos y hermanas,
en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, os invito a todos a agradecerle conmigo al Señor por el don de la vida consagrada, que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia.
Vosotros, aquí presentes, consagrados al servicio de Dios, en una estupenda variedad de vocaciones eclesiales, renováis vuestro compromiso de seguir a Cristo obediente, pobre y casto,
para que, por medio de vuestro testimonio evangélico, la presencia de Cristo Señor, luz de los pueblos, resplandezca en la Iglesia, e ilumine al mundo.
(Todos oran en silencio durante algún tiempo)
El Celebrante:
Bendito seas, Señor, Padre santo, porque en tu infinita bondad, con la voz del Espíritu, siempre has llamado a hombres y mujeres, que, ya consagrados en el Bautismo, fuesen en la Iglesia
signo del seguimiento radical de Cristo, testimonio vivo del Evangelio, anuncio de los valores del Reino, profecía de la Ciudad última y nueva.
Todos:
Te alabamos y te damos gloria, Señor.
Lector o lectora:
Te glorificamos, Padre, y te bendecimos, porque en Jesucristo, tu Hijo, nos has dado la imagen perfecta del servidor obediente: Él hizo de tu voluntad su alimento, del servicio la norma de vida, del amor la ley suprema del Reino.
Lector o lectora:
Gracias, Padre, por el don de Cristo, hijo de tu Sierva, servidor obediente hasta la muerte. Con gozo confirmamos hoy nuestro compromiso de obediencia al Evangelio, a la voz de la Iglesia,
a nuestra regla de vida.
Todos:
Te alabamos y te damos gloria, Señor.
Lector o lectora:
Te glorificamos, Padre, y te bendecimos, porque en Jesucristo, nuestro hermano, nos has dado el ejemplo más grande de la entrega de sí: Él, que era rico, por nosotros se hizo pobre, proclamó bienaventurados a los que tienen espíritu de pobre y abrió a los pequeños los tesoros del Reino.
Lector o lectora:
Gracias, Padre, por el don de Cristo, hijo del hombre, paciente, humilde, pobre, que no tiene dónde descansar la cabeza. Felices, confirmamos hoy nuestro empeño de vivir con sobriedad y austeridad, de vencer el ansia de la posesión con el gozo de la entrega, de utilizar los bienes del mundo por la causa del Evangelio y la promoción del hombre.
Todos:
Te alabamos y te damos gloria, Señor.
Lector o lectora:
Te glorificamos, Padre, y te bendecimos, porque en Jesucristo, hijo de la Virgen Madre, nos diste el modelo supremo del amor consagrado: Él, Cordero inocente, vivió amándote y amando a los hermanos, murió perdonando y abriendo las puertas del Reino.
Lector o lectora:
Gracias, Padre, por el don de Cristo, esposo virgen de la Iglesia virgen. Felices confirmamos hoy nuestro compromiso de tener nuestro cuerpo casto y nuestro corazón puro, de vivir con amor indiviso para tu gloria y la salvación del hombre.
Todos:
Te alabamos y te damos gloria, Señor.
El Celebrante:
Mira bondadoso, Señor, a estos hijos tuyos y a estas hijas tuyas: firmes en la fe y alegres en la esperanza, sean, por tu gracia, un reflejo de tu luz, instrumentos del Espíritu de paz, prolongación entre los hombres de la presencia de Cristo. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Todos aclaman cantando:
Amén.

LITURGIA EUCARÍSTICA

Oración sobre las ofrendas

Sea grata a tus ojos, Señor, la ofrenda que la Iglesia te presenta llena de alegría, a ti que has querido que tu Hijo unigénito se inmolara como cordero inocente por la salvación del mundo. Por Jesucristo.
R. Amén.
Y sigue la misa, como de costumbre.

Oración después de la comunión

Oremos:
Por estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente la esperanza del justo Simeón; y así como a él no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, merecer el premio de la vida eterna. Por Jesucristo.
R. Amén.

RITO DE CONCLUSIÓN

Bendición

El Celebrante:
El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu Espíritu.
El Dios que os llamó de las tinieblas a su luz admirable, derrame abundantemente sus bendiciones sobre vosotros y afiance vuestros corazones en la fe, la esperanza y la caridad.
R. Amén.
Y él, a todos vosotros, fieles seguidores de Cristo, manifestado hoy al mundo como luz en la tiniebla, os haga testigos de la verdad ante los hermanos.
R. Amén.
Como Simeón y Ana esperaron y encontraron a Cristo, luz del mundo, de igual manera, vosotros podáis encontrar, al final de vuestra vida, a Cristo, luz suprema.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros
y os acompañe siempre.
R. Amén.

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Paz y bien